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| 1. EL ESTADO, PRODUCTO DEL CARACTER IRRECONCILIABLE DE LAS CONTRADICCIONES DE CLASE Ocurre hoy con la doctrina de Marx lo que ha solido ocurrir en la historia repetidas veces con las doctrinas de los pensadores revolucionarios y de los jefes de las clases oprimidas en su lucha por la liberación. En vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte, se intenta convertirlos en iconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para "consolar" y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola. En semejante "arreglo" del marxismo se dan la mano actualmente la burguesía y los portunistas dentro del movimiento obrero. Olvidan, re legan a un segundo plano, tergiversan el aspecto revolucionario de esta doctrina, su espíritu revolucionario. Hacen pasar a primer plano, ensalzan lo que es o parece ser aceptable para la burguesía. Todos los socialchovinistas son hoy -- ¡bromas aparte! -- "marxistas". Y cada vez con mayor frecuencia los sabios burgueses alemanes, que ayer todavía eran especialistas en pulverizar el marxismo, hablan hoy ¡de un Marx "nacional-alemán" que, según ellos, educó estas asociaciones obreras tan magníficamente organizadas para llevar a cabo la guerra de rapiñal! Ante esta situación, ante la inaudita difusión de las tergiversaciones del marxismo, nuestra misión consiste, ante todo, en restaurar la verdadera doctrina de Marx sobre el Estado. Para esto es necesario citar toda una serie de pasajes largos de las obras mismas de Marx y Engels. Naturalmente, las citas largas hacen la exposición pesada y en nada contribuyen a darle un carácter popular. Pero es de todo punto imposible prescindir de ellas. No hay más remedio que citar del modo más completo posible todos los pasajes, o, por lo menos, todos los pasajes decisivos, de las obras de Marx y Engels sobre la cuestión del Estado, para que el lector pueda formarse por su cuenta una noción del conjunto de las ideas de los fundadores del socialismo científico y del desarrollo de estas ideas, así como también para probar documentalmente y patentizar con toda claridad la tergiversación de estas ideas por el "kautskismo" hoy imperante. Comencemos por la obra más conocida de F. Engels: "El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado", de la que ya en 1894 se publicó en Stuttgart la sexta edición. Conviene traducir las citas de los originales alemanes, pues las traducciones rusas, con ser tan numerosas, son en gran parte incompletas o están hechas de un modo muy defectuoso. "El Estado -- dice Engels, resumiendo su análisis histórico -- no es, en modo alguno, un Poder impuesto desde fuera a la sociedad; ni es tampoco 'la realidad de la idea moral', 'la imagen y la realidad de la razón', como afirma Hegel. El Estado es, más bien, un producto de la sociedad al llegar a una determinada fase de desarrollo; es la confesión de que esta sociedad se ha enredado con sigo misma en una contradicción insoluble, se ha dividido en antagonismos irreconciliables, que ella es impotente para conjurar. Y para que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna, no se devoren a sí mismas y no devoren a la sociedad en una lucha estéril, para eso hízose necesario un Poder situado, aparentemente, por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el conflicto, a mantenerlo dentro de los límites del 'orden'. Y este Poder, que brota de la sociedad, pero que se coloca por encima de ella y que se divorcia cada vez más de ella, es el Estado" (págs. 177 y 178 de la sexta edición alemana). Aquí aparece expresada con toda claridad la idea fundamental del marxismo en punto a la cuestión del papel histórico y de la significación del Estado. EI Estado es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase.El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables. En torno a este punto importantísimo y cardinal comienza precisamente la tergiversación del marxismo, tergiversación que sigue dos direcciones fundamentales. De una parte, los ideólogos burgueses y especialmente los pequeñoburgueses, obligados por la presión de hechos históricos indiscutibles a reconocer que el Estado sólo existe allí donde existen las contradicciones de clase y la lucha de clases, "corrigen" a Marx de manera que el Estado resulta ser el órgano de la conciliación de clases. Según Marx, el Estado no podría ni surgir ni mantenerse si fuese posible la conciliación de las clases. Para los profesores y publicistas mezquinos y filisteos -- ¡que invocan a cada paso en actitud benévola a Marx! -- resulta que el Estado es precisamente el que concilia las clases. Según Marx, el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del "orden" que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases. En opinión de los políticos pequeñoburgueses, el orden es precisamente la conciliación de las clases y no la opresión de una clase por otra. Amortiguar los choques significa para ellos conciliar y no privar a las clases oprimidas de ciertos medios y procedimientos de lucha para el derrocamiento de los opresores. Por ejemplo, en la revolución de 1917, cuando la cuestión de la significación y del papel del Estado se planteó precisamente en toda su magnitud, en el terreno práctico, como una cuestión de acción inmediata, y además de acción de masas, todos los socialrevolucionarios y todos los mencheviques cayeron, de pronto y por entero, en la teoría pequeñoburguesa de la "conciliación" de las clases "por el Estado". Hay innumerables resoluciones y artículos de los políticos de estos dos partidos saturados de esta teoría mezquina y filistea de la "conciliación". Que el Estado es el órgano de dominación de una determinada clase, la cual no puede conciliarse con su antípoda (con la clase contrapuesta a ella), es algo que esta democracia pequeñoburguesa no podrá jamás comprender, La actitud ante el Estado es uno de los síntomas más patentes de que nuestros socialrevolucionarios y mencheviques no son en manera alguna socialistas (lo que nosotros, los bolcheviques, siempre hemos demostrado), sino demócratas pequeñoburgueses con una fraseología casi socialista. De otra parte, la tergiversación "kautskiana" del marxismo es bastante más sutil. "Teóricamente", no se niega ni que el Estado sea el órgano de dominación de clase, ni que las contradicciones de clase sean irreconciliables. Pero se pasa por alto u oculta lo siguiente: si el Estado es un producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase, si es una fuerza que está por encima de la sociedad y que "se divorcia cada vez más de la sociedad", es evidente que la liberación de la clase oprimida es imposible, no sólo sin una revolución violenta, sino también sin la destrucción del aparato del Poder estatal que ha sido creado por la clase dominante y en el que toma cuerpo aquel "divorcio". Como veremos más abajo, Marx llegó a esta conclusión, teóricamente clara por si misma, con la precisión más completa, a base del análisis histórico concreto de las tareas de la revolución. Y esta conclusión es precisamente -- como expondremos con todo detalle en las páginas siguientes -- la que Kautsky . . . ha"olvidado" y falseado. 2. LOS DESTACAMENTOS ESPECIALES DE FUERZAS ARMADAS, LAS CARCELES, ETC. "En comparación con las antiguas organizaciones gentilicias (de tribu o de clan) -- prosigue Engels --, el Estado se caracteriza, en primer lugar, por la agrupación de sus súbditos según las divisiones territoriales". . . A nosotros, esta agrupación nos parece 'natural', pero ella exigió una larga lucha contra la antigua organización en 'gens' o en tribus. "La segunda caracteristica es la instauración de un Poder público, que ya no coincide directamente con la población organizada espontáneamente como fuerza armada. Este Poder público especial hácese necesario porque desde la división de la sociedad en clases es ya imposible una organización armada espontánea de la población. . Este Poder público existe en todo Estado; no está formado solamente por hombres armados, sino también por aditamentos materiales, las cárceles y las instituciones coercitivas de todo género, que la sociedad gentilicia no conocía. . ." Engels desarrolla la noción de esa "fuerza" a que se da el nombre de Estado, fuerza que brota de la sociedad, pero que se sitúa por encima de ella y que se divorcia cada vez más de ella. ¿En qué consiste, fundamentalmente, esta fuerza? En destacamentos especiales de hombres armados, que tienen a su disposición cárceles y otros elementos. Tenemos derecho a hablar de destacamentos especiales de hombres armados, pues el Poder público propio de todo Estado "no coincide directamente" con la población armada, con su "organización armada espontánea". Como todos los grandes pensadores revolucionarios, Engels se esfuerza en dirigir la atención de los obreros conscientes precisamente hacia aquello que el filisteísmo dominante considera como lo menos digno de atención, como lo más habitual, santificado por prejuicios no ya sólidos, sino podríamos decir que petrificados El ejército permanente y la policía son los instrumentos fundamentales de la fuerza del Poder del Estado. Pero ¿puede acaso ser de otro modo? Desde el punto de vista de la inmensa mayoría de los europeos de fines del siglo XIX, a quienes se dirigía Engels y que no habían vivido ni visto de cerca ninguna gran revolución, esto no podía ser de otro modo. Para ellos, era completamente incomprensible esto de una "organización armada espontánea de la población". A la pregunta de por qué ha surgido la necesidad de destacamentos especiales de hombres armados (policía y ejército permanente) situados por encima de la sociedad y divorciados de ella, el filisteo del Occidente de Europa y el filisteo ruso se inclinaban a contestar con un par de frases tomadas de prestado de Spencer o de Mijailovski, remitiéndose a la complejidad de la vida social, a la diferenciación de funciones, etc. Estas referencias parecen "científicas" y adormecen magníficamente al filisteo, velando lo principal y fundamental: la división de la sociedad en clases enemigas irreconciliables. Si no existiese esa división, la "organización armada espontánea de la población" se diferenciaría por su complejidad, por su elevada técnica, etc., de la organización primitiva de la manada de monos que manejan el palo, o de la del hombre prehistórico, o de la organización de los hombres agrupados en la sociedad del clan; pero semejante organización sería posible. Si es imposible, es porque la sociedad civilizada se halla dividida en clases enemigas, y además irreconciliablemente enemigas, cuyo armamento "espontáneo" conduciría a la lucha armada entre ellas. Se forma el Estado, se crea una fuerza especial, destacamentos especiales de hombres armados, y cada revolución, al destruir el aparato del Estado, nos indica bien visiblemente cómo la clase dominante se esfuerza por restaurar los destacamentos especiales de hombres armados a s u servicio, cómo la clase oprimida se esfuerza en crear una nueva organización de este tipo, que sea capaz de servir no a los explotadores, sino a los explotados. En el pasaje citado, Engels plantea teóricamente la misma cuestión que cada gran revolución plantea ante nosotros prácticamente de un modo palpable y, además, sobre un plano de acción de masas, a saber: la cuestión de las relaciones mutuas entre los destacamentos "especiales" de hombres armados y la "organización armada espontánea de la población". Hemos de ver cómo ilustra de un modo concreto esta cuestión la experiencia de las revoluciones europeas y rusas. Pero volvamos a la exposición de Engels. Engels señala que, a veces, por ejemplo, en algunos sitios de Norteamérica, este Poder público es débil (se trata aquí de excepciones raras dentro de la socíedad capitalista y de aquellos sitios de Norteamérica en que imperaba, en el período preimperialista, el colono libre), pero que, en términos generales, se fortalece:". . . Este Poder público se fortalece a medida que los antagonismos de clase se agudizan dentro del Estado y a medida que se hacen más grandes y más poblados los Estados colindantes; basta fijarse en nuestra Europa actual, donde la lucha de clases y el pugilato de conquistas han encumbrado al Poder público a una altura en que amenaza con devorar a toda la sociedad y hasta al mismo Estado". Esto fue escrito no más tarde que a comienzos de la década del 90 del siglo pasado. El último prólogo de Engels lleva la fecha del 16 de junio de 1891. Por aquel entonces, comenzaba apenas en Francia, y más tenuemente todavía en Norteamérica y en Alemania, el viraje hacia el imperialismo, tanto en el sentido de la dominación completa de los trusts, como en el sentido de la omnipotencia de los grandes bancos, en el sentido de una grandiosa política colonial, etc. Desde entonces, el "pugilato de conquistas" ha experimentado un avance gigantesco, tanto más cuanto que a comienzos de la segunda década del siglo XX el planeta ha resultado estar definitivamente repartido entre estos "conquistadores en pugilato", es decir, entre las grandes potencias rapaces. Desde entonces, los armamentos terrestres y marítimos han crecido en proporciones increíbles, y la guerra de pillaje de 1914 a 1917 por la dominación de Inglaterra o Alemania sobre el mundo, por el reparto del botín, ha llevado al borde de una catástrofe completa la "absorción" de todas las fuerzas de la sociedad por un Poder estatal rapaz. Ya en 1891, Engels supo señalar el "pugilato de conquistas" como uno de los más importantes rasgos distintivos de la política exterior de las grandes potencias. ¡Y los canallas socialchovinistas de los años 1914-1917, en que precisamente este pugilato, agudizándose más y más, ha engendrado la guerra imperialista, encubren la defensa de los intereses rapaces de "su" burguesía con frases sobre la "defensa de la patria", sobre la "defensa de la república y de la revolución" y con otras frases por el estilo! 3. EL ESTADO, ARMA DE EXPLOTACION DE LA CLASE OPRIMlDA Para mantener un Poder público aparte, situado por encima de la sociedad, son necesarios los impuestos y las deudas del Estado. "Los funcionarios, pertrechados con el Poder público y con el derecho a cobrar impuestos, están situados -- dice Engels --, como órganos de la sociedad, por encima de la sociedad. A ellos ya no les basta, aun suponiendo que pudieran tenerlo, con el respeto libre y voluntario que se les tributa a los órganos del régimen gentilicio. . ." Se dictan leyes de excepción sobre la santidad y la inviolabilidad de los funcionarios. "El más despreciable polizonte" tiene más "autoridad" que los representantes del clan; pero incluso el jefe del poder militar de un Estado civilizado podría envidiar a un jefe de clan por "el respeto espontáneo" que le profesaba la sociedad. Aquí se plantea la cuestión de la situación privilegiada de los funcionarios como órganos del Poder del Estado. Lo fundamental es saber: ¿qué los coloca por encima de la sociedad? Veamos cómo esta cuestión teórica fue resuelta prácticamente por la Comuna de París en 1871 y cómo la esfumó reaccionariamente Kautsky en 1912: "Como el Estado nació de la necesidad de tener a raya los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de estas clases, el Estado lo es, por regla general, de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que con ayuda de él se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo así nuevos medios para la represión y explotación de la clase oprimida. . ." No fueron sólo el Estado antiguo y el Estado feudal órganos de explotación de los esclavos y de los campesinos siervos y vasallos: también "el moderno Estado representativo es instrumento de explotación del trabajo asalariado por el capital. Sin embargo, excepcionalmente, hay períodos en que las clases en pugna se equilibran hasta tal punto, que el Poder del Estado adquiere momentáneamente, como aparente mediador, una cierta independencia respecto a ambas". . . Tal aconteció con la monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII, con el bonapartismo del primero y del segundo Imperio en Francia, y con Bismarck en Alemania. Y tal ha acontecido también -- agregamos nosotros -- con el gobierno de Kerenski, en la Rusia republicana, después del paso a las persecuciones del proletariado revolucionario, en un momento en que los Soviets, como consecuencia de hallar se dirigidos por demócratas pequeñoburgueses, son ya impotentes, y la burguesía no es todavía lo bastante fuerte para disolverlos pura y simplemente. En la república democrática -- prosigue Engels -- "la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero de un modo tanto más seguro", y lo ejerce, en primer lugar, mediante la "corrupción directa de los funcionarios" (Norteamérica), y, en segundo lugar, mediante la "alianza del gobierno con la Bolsa" (Francia y Norteamérica).En la actualidad, el imperialismo y la dominación de los Bancos han "desarrollado", hasta convertirlos en un arte extraordinario, estos dos métodos adecuados paradefender y llevar a la práctica la omnipotencia de la riqueza en las repúblicas democráticas, sean cuales fueren. Si, por ejemplo, en los primeros meses de la república democrática rusa, en los meses que podemos llamar de la luna de miel de los "socialistas" -- socialrevolucionarios y mencheviques -- con la burguesía, en el gobierno de coalición, el señor Palchinski saboteó todas las medidas de restricción contra los capitalistas y sus latrocinios, contra sus actos de saqueo en detrimento del fisco mediante los suministros de guerra, y si, al salir del ministerio, el señor Palchinski (sustituido, naturalmente, por otro Palchinski exactamente igual) fue "recompensado" por los capitalistas con un puestecito de 120.000 rublos de sueldo al año, ¿qué significa esto? ¿Es un soborno directo o indirecto? ¿Es una alianza del gobierno con los consorcios o son "solamente" lazos de amistad? ¿Qué papel desempeñan los Chernov y los Tsereteli, los Avkséntiev y los Skóbelev? ¿El de aliados "directos" o solamente indirectos de los millonarios malversadores de los fondos públicos? La omnipotencia de la "riqueza" es más segura en las repúblicas democráticas, porque no depende de la mala envoltura política del capitalismo. La república democrática es la mejor envoltura política de que puede revestirse el capitalismo, y por lo tanto el capital, al dominar (a través de los Pakhinski, los Chernov, los Tsereteli y Cía.) esta envoltura, que es la mejor de todas, cimenta su Poder de un modo tan seguro, tan firme, que ningún cambio de personas, ni de instituciones, ni de partidos, dentro de la república democrática burguesa, hace vacilar este Poder.Hay que advertir, además, que Engels, con la mayor precisión, llama al sufragio universal arma de dominación de la burguesía. El sufragio universal, dice Engels, sacando evidentemente las enseñanzas de la larga experiencia de la socialdemocracia alemana, es "el índice que sirve para medir la madurez de la clase obrera. No puede ser más ni será nunca más, en el Estado actual". Los demócratas pequeñoburgueses, por el estilo de nuestros socialrevolucionarios y mencheviques, y sus hermanos carnales, todos los socialchovinistas y oportunistas de la Europa occidental, esperan, en efecto, "más" del sufragio universal. Comparten ellos mismos e inculcan al pueblo la falsa idea de que el sufragio universal es, "en el Estado actual ", un medio capaz de expresar realmente la voluntad de la mayoría de los trabajadores y de garantizar su efectividad práctica. Aquí no podemos hacer más que señalar esta idea mentirosa, poner de manifiesto que esta afirmación de Engels completamente clara, precisa y concreta, se falsea a cada paso en la propaganda y en la agitación de los partidos socialistas "oficiales" (es decir, oportunistas). Una explicación minuciosa de toda la falsedad de esta idea, rechazada aquí por Engels, la encontraremos más adelante, en nuestra exposición de los puntos de vista de Marx y Engels sobre el Estado "actual ".En la más popular de sus obras, Engels traza el resumen general de sus puntos de vista en los siguientes términos: "Por tanto, el Estado no ha existido eternamente. Ha habido sociedades que se las arreglaron sin él, que no tuvieron la menor noción del Estado ni del Poder estatal. Al llegar a una determinada fase del desarrollo económico, que estaba ligada necesariamente a la división de la sociedad en clases, esta división hizo que el Estado se convirtiese en una necesidad. Ahora nos acercamos con paso veloz a una fase de desarrollo de la producción en que la existencia de estas clases no sólo deja de ser una necesidad, sino que se convierte en un obstáculo directo para la producción. Las clases desaparecerán de un modo tan inevitable como surgieron en su día. Con la desaparición de las clases, desaparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad, reorganizando de un modo nuevo la producción sobre la base de una asociación libre e igual de productores, enviará toda la máquina del Estado al lugar que entonces le ha de corresponder: al museo de antiguedades, junto a la rueca y al hacha de bronce". No se encuentra con frecuencia esta cita en las obras de propaganda y agitación de la socialdemocracia contemporánea. Pero incluso cuando nos encontramos con ella es, casi siempre, como si se hiciesen reverencias ante un icono; es decir, para rendir un homenaje oficial a Engels, sin el menor intento de analizar qué amplitud y profundidad revolucionarias supone esto de "enviar toda la máquina del Estado al museo de antiguedades". No se ve, en la mayoría de los casos, ni siquiera la comprensión de lo que Engels llama la máquina del Estado. 4. LA "EXTINCION" DEL ESTADO Y LA REVOLUCION VIOLENTA Las palabras de Engels sobre la "extinción" del Estado gozan de tanta celebridad y se citan con tanta frecuencia, muestran con tanto relieve dónde está el quid de la adulteración corriente del marxismo por la cual éste es adaptado al oportunismo, que se hace necesario detenerse a examinarlas detalladamente. Citaremos todo el pasaje donde figuran estas palabras: "El proletariado toma en sus manos el Poder del Estado y comienza por convertir los medios de producción en propiedad del Estado. Pero con este mismo acto se destruye a sí mismo como proletariado y destruye toda diferencia y todo antagonismo de clases, y, con ello mismo, el Estado como tal. La sociedad hasta el presente, movida entre los antagonismos de clase, ha necesitado del Estado, o sea de una organización de la correspondiente clase explotadora para mantener las condiciones exteriores de producción, y por tanto, particularmente para mantener por la fuerza a la clase explotada en las condiciones de opresión (la esclavitud, la servidumbre o el vasallaje y el trabajo asalariado), determinadas por el modo de producción existente. El Estado era el representante oficial de toda la sociedad, su síntesis en un cuerpo social visible; pero lo era sólo como Estado de la clase que en su época representaba a toda la sociedad: en la antigüedad era el Estado de los ciudadanos esclavistas; en la Edad Media el de la nobleza feudal; en nuestros tiempos es el de la burguesía. Cuando el Estado se convierta finalmente en representante efectivo de toda la sociedad, será por sí mismo superfluo. Cuando ya no exista ninguna clase social a la que haya que mantener en la opresión; cuando desaparezcan, junto con la dominación de clase, junto con la lucha por la existencia individual, engendrada por la actual anarquía de la producción, los choques y los excesos resultantes de esta lucha, no habra ya nada que reprimir ni hará falta, por tanto, esa fuerza especial de represión, el Estado. El primer acto en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de toda la sociedad: la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente como Estado. La intervención de la autoridad del Estado en las relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y se adormecerá por sí misma. El gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción. El Estado no será 'abolido'; se extingue. Partiendo de esto es como hay que juzgar el valor de esa frase sobre el 'Estado popular libre' en lo que toca a su justificación provisional como consigna de agitación y en lo que se refiere a su falta absoluta de fundamento científico. Partiendo de esto es también como debe ser considerada la exigencia de los llamados anarquistas de que el Estado sea abolido de la noche a la mañana" ("Anti-Dühring " o "La subversión de la ciencia por el señor Eugenio Dühring", págs. 301-303 de la tercera edición alemana). Sin temor a equivocarnos, podemos decir que de estos pensamientos sobremanera ricos, expuestos aquí por Engels, lo único que ha pasado a ser verdadero patrimonio del pensamiento socialista, en los partidos socialistas actuales, es la tesis de que el Estado, según Marx, "se extingue", a diferencia de la doctrina anarquista de la "abolición" del Estado. Truncar así el marxismo equivale a reducirlo al oportunismo, pues con esta "interpretación" no queda en pie más que una noción confusa de un cambio lento, paulatino, gradual, sin saltos ni tormentas, sin revoluciones. Hablar de "extinción" del Estado, en un sentido corriente, generalizado, de masas, si cabe decirlo así, equivale indudablemente a esfumar, si no a negar, la revolución. Además, semejante "interpretación" es la más tosca tergiversación del marxismo, tergiversación que sólo favorece a la burguesía y que descansa teóricamente en la omisión de circunstancias y consideraciones importantísimas que se indican, por ejemplo, en el "resumen" contenido en el pasaje de Engels, citado aquí por nosotros en su integridad. En primer lugar, Engels dice en el comienzo mismo de este pasaje que, al tomar el Poder del Estado, el proletaria do "destruye, con ello mismo, el Estado como tal". "No es uso" pararse a pensar qué significa esto. Lo corriente es ignorarlo en absoluto o considerarlo algo así como una "debilidad hegeliana" de Engels. En realidad, en estas palabras se expresa concisamente la experiencia de una de las más grandes revoluciones proletarias, la experiencia de la Comuna de París de 1871, de la cual hablaremos detalladamente en su lugar. En realidad, Engels habla aquí de la "destrucción" del Estado de la burguesía por la revolución proletaria, mientras que las palabras relativas a la extinción del Estado se refieren a los restos del Estado proletario después de la revolución socialista. El Estado burgués no se "extingue", según Engels, sino que "e s d e s t r u i d o " por el proletariado en la revolución. El que se extingue, después de esta revolución, es el Estado o semi-Estado proletario. En segundo lugar, el Estado es una "fuerza especial de represión". Esta magnífica y profundísima definición de Engels es dada aquí por éste con la más completa claridad. Y de ella se deduce que la "fuerza especial de represión" del proletariado por la burguesía, de millones de trabajadores por un puñado de ricachos, debe sustituirse por una "fuerza especial de represión" de la burguesía por el proletariado (dictadura del proletariado). En esto consiste precisamente la "destrucción del Estado como tal". En esto consiste precisamente el "acto" de la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad. Y es de suyo evidente que semejante sustitución de una "fuerza especial" (la burguesa) por otra (la proletaria) ya no puede operarse, en modo alguno, bajo la forma de "extinción".En tercer lugar, Engels, al hablar de la "extinción" y -- con frase todavía más plástica y colorida -- del "adormecimiento" del Estado, se refiere con absoluta claridad y precisión a la época posterior a la "toma de posesión de los medios de producción por el Estado en nombre de toda la sociedad", es decir, posterior a a la revolución socialista. Todos nosotros sabemos que la forma política del "Estado", en esta época, es la democracia más completa. Pero a ninguno de los oportunistas que tergiversan desvergonzadamente el marxismo se le viene a las mientes la idea de que, por consiguiente, Engels hable aquí del "adormecimiento" y de la "extinción" de la d e m o c r a c i a. Esto parece, a primera vista, muy extraño. Pero esto sólo es "incomprensible" para quien no haya comprendido que la democracia t a m b i é n es un Estado y que, consiguientemente, la democracia también desaparecerá cuando desaparezca el Estado. El Estado burgués sólo puede ser "destruido" por la revolución. El Estado en general, es decir, la más completa democracia, sólo puede "extinguirse". En cuarto lugar, al establecer su notable tesis de la "extinción del Estado", Engels declara a renglón seguido, de un modo concreto, que esta tesis se dirige tanto contra los oportunistas, como contra los anarquistas. Además, Engels coloca en primer plano la conclusión que, derivada de su tesis sobre la "extinción del Estado", se dirige contra los oportunistas. Podría apostarse que de diez mil hombres que hayan leído u oído hablar acerca de la "extinción" del Estado, nueve mil novecientos noventa no saben u olvidan en absoluto que Engels no dirigió solamente contra los anarquistas sus conclusiones derivadas de esta tesis. Y de las diez personas restantes, lo más probable es que nueve no sepan qué es el "Estado popular libre" y por qué el atacar esta consigna significa atacar a los oportunistas. ¡Así se escribe la Historia! Así se adapta de un modo imperceptible la gran doctrina revolucionaria al filisteísmo dominante. La conclusión contra los anarquistas se ha repetido miles de veces, se ha vulgarizado, se ha inculcado en las cabezas del modo más simplificado, ha adquirido la solidez de un prejuicio. ¡Pero la conclusión contra los oportunistas la han esfumado y "olvidado"! El "Estado popular libre" era una reivindicación programática y una consigna corriente de los socialdemócratas alemanes en la década del 70. En esta consigna no hay el menor contenido político, fuera de una filistea y enfática descripción de la noción de democracia. Engels estaba dispuesto a "justificar", "por el momento", esta consigna desde el punto de vista de la agitación, por cuanto con ella se insinuaba legalmente la república democrática. Pero esta consigna era oportunista, porque expresaba no sólo el embellecimiento de la democracia burguesa, sino también la incomprensión de la crítica socialista de todo Estado en general. Nosotros somos partidarios de la república democrática, como la mejor forma de Estado para el proletariado bajo el capitalismo, pero no tenemos ningún derecho a olvidar que la esclavitud asalariada es el destino reservado al pueblo, incluso bajo la república burguesa más democrática. Más aún. Todo Estado es una "fuerza especial para la represión" de la clase oprimida. Por eso, todo Estado ni es libre ni es popular. Marx y Engels explicaron esto reiteradamente a sus camaradas de partido en la década del 70. En quinto lugar, en esta misma obra de Engels, de la que todos citan el pasaje sobre la extinción del Estado, se contiene un pasaje sobre la importancia de la revolución violenta. El análisis histórico de su papel lo convierte Engels en un verdadero panegírko de la revolución violenta. Esto "nadie lo recuerda". Sobre la importancia de este pensamiento, no es uso hablar ni siquiera pensar en los partidos socialistas contemporáneos estos pensamientos no desempeñan ningún papel en la propaganda ni en la agitación cotidianas entre las masas. Y, sin embargo, se hallan indisolublemente unidos a la "extinción" del Estado y forman con ella un todo armónico. He aquí el pasaje de Engels: ". . . De que la violencia desempeña en la historia otro papel [además del de agente del mal], un papel revolucionario; de que, según la expresión de Marx, es la partera de toda vieja sociedad que lleva en sus entrañas otra nueva; de que la violencia es el instrumento con la ayuda del cual el movimiento social se abre camino y rompe las formas políticas muertas y fosilizadas, de todo eso no dice una palabra el señor Dühring. Sólo entre suspiros y gemidos admite la posibilidad de que para derrumbar el sistema de explotación sea necesaria acaso la violencia, desgraciadamente, afirma, pues el empleo de la misma, según él, desmoraliza a quien hace uso de ella. ¡Y esto se dice, a pesar del gran avance moral e intelectual, resultante de toda revolución victoriosa! Y esto se dice en Alemania, donde la colisión violenta que puede ser impuesta al pueblo tendría, cuando menos, la ventaja de destruir el espíritu de servilismo que ha penetrado en la conciencia nacional como consecuencia de la humillación de la Guerra de los Treinta años. ¿Y estos razonamientos turbios, anodinos, impotentes, propios de un párroco rural, se pretende imponer al partido más revolucionario de la historia?" (Lugar citado, pág. 193, tercera edición alemana, final del IV capítulo, II parte). ¿Cómo es posible conciliar en una sola doctrina este panegírico de la revolución violenta, presentado con insistencia por Engels a los socialdemócratas alemanes desde 1878 hasta 1894, es decir, hasta los últimos días de su vida, con la teoría de la "extinción" del Estado? Generalmente se concilian ambos pasajes con ayuda del eclecticismo, desgajando a capricho (o para complacer a los detentadores del Poder), sin atenerse a los principios o de un modo sofístico, ora uno ora otro argumento y haciendo pasar a primer plano, en el noventa y nueve por ciento de los casos, si no en más, precisamente la tesis de la "extinción". Se suplanta la dialéctica por el eclecticismo: es la actitud más usual y más generalizada ante el marxismo en la literatura socialdemócrata oficial de nuestros días. Estas suplantaciones no tienen, ciertamente, nada de nuevo; pueden observarse incluso en la historia de la filosofía clásica griega. Con la suplantación del marxismo por el oportunismo, el eclecticismo presentado como dialéctica engaña más fácilmente a las masas, les da una aparente satisfacción, parece tener en cuenta todos los aspectos del proceso, todas las tendencias del desarrollo, todas las influencias contradictorias, etc., cuando en realidad no da ninguna noción completa y revolucionaria del proceso del desarrollo social. Ya hemos dicho más arriba, y demostraremos con mayor detalle en nuestra ulterior exposición, que la doctrina de Marx y Engels sobre el carácter inevitable de la revolución violenta se refiere al Estado burgués. Este no puede sustituirse por el Estado proletario (por la dictadura del proletariado) mediante la "extinción", sino sólo, por regla general, mediante la revolución violenta. El panegírico que dedica Engels a ésta, y que coincide plenamente con reiteradas manifestaciones de Marx (recordaremos el final de "Miseria de la Filosofía" y del "Manifiesto Comunista" con la declaración orgullosa y franca sobre el carácter inevitable de la revolución violenta; recordaremos la crítica del Programa de Gotha, en 1875, cuando ya habían pasado casi treinta años, y en la que Marx fustiga implacablemente el oportunismo de este programa), este panegírico no tiene nada de "apasionamiento", nada de declamatorio, nada de arranque polémico. La necesidad de educar sistemáticamente a las masas en esta, precisamente en esta idea sobre la revolución violenta, es algo básico en toda la doctrina de Marx y Engels. La traición cometida contra su doctrina por las corrientes socialchovinista y kautskiana hoy imperantes se manifiesta con singular relieve en el olvido por unos y otros de esta propaganda, de esta agitación. La sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta. La supresión del Estado proletario, es decir, la supresión de todo Estado, sólo es posible por medio de un proceso de "extinción". Marx y Engels desarrollaron estas ideas de un modo minucioso y concreto, estudiando cada situación revolucionaria por separado, analizando las enseñanzas sacadas de la experiencia de cada revolución. Y esta parte de su doctrina, que es, incuestionablemente, la más importante, es la que pasamos a analizar. |
Historia, Eduación Ciudadana y Opción Institucional. CENH.
martes, 29 de marzo de 2016
Segundo Año. Educación Ciudadana.
domingo, 13 de marzo de 2016
Segundo Año: Historia. El Feudalismo.
Selección de Textos: El feudalismo maduro.
Rodney Hilton, Siervos Liberados. Los movimientos
campesinos medievales y el levantamiento inglés de 1381. (Selección).
Capítulo 1: La naturaleza de la
economía campesina medieval.
Los sistemas
agrícolas de las comunidades campesinas en la Baja Edad Media y en los prim
eros tiempos de la Edad Moderna han sido estudiados y clasificados con gran
detalle 13. Allí donde los suelos eran de buena calidad había, en las tierras
llanas o con ligeras ondulaciones que rodeaban a las grandes villas de tipo
nuclear, campos abiertos en los que se entremezclaban las fajas de terreno de
las diversas explotaciones familiares, y en los que, una vez hecha la
recolección, trabajaban primero los espigadores locales y a renglón seguido
pastaban los animales del término, sin hacerse distinción alguna entre las
tierras de uno u otro propietario. A partir de los confines de las tierras de
cultivo se extendían los bosques y baldíos, en los que la comunidad rural tenía
derecho a recoger leña, nueces y frutos y cazar conejos y liebres, al tiempo
que podía utilizarlos como pasto adicional para sus ganados. Incluso en el caso
de que cada familia decidiera en privado la utilización que había de dar a su
huerta o cualquier otra extensión de terreno cercada dentro del término rural,
tenía que observar la costumbre tradicional de sembrar y dejar en barbecho los
campos abiertos. Tal operación debía ajustarse a las normas relativas a la
labor de espigar y al número y naturaleza de las cabezas de ganado que podían
pastar en los rastrojos, así como al acceso a las tierras comunales. Esta era
la base práctica sobre la que descansaba la actividad común del término rural,
sin que ello supusiera, desde luego, la inexistencia de desacuerdos internos.
Estos se producían por lo general a causa de disputas sobre la posesión o
propiedad de las tierras cultivables o sobre el número de cabezas de ganado
permitido en los pastos comunes, en especial cuando las tierras comunales se
vieron reducidas a medida que la expansión de la población hacía que se
incrementara la tierra dedicada al cultivo.
(…)
La comunidad
campesina no era una comunidad de iguales. La estratificación de las
comunidades campesinas, además, es por lo menos tan antigua como los primeros
testimonios que de ellas se conservan. Esto nos sugiere que la polarización de
fortunas existente entre el villano rico y el villano pobre era algo más que el
resultado de la competencia en la producción para el mercado, aunque este factor
tuvo su importancia ocasional en generar diferenciación social. (…)
Un rasgo
característico de la actitud campesina durante gran parte del período de que
ahora nos ocupamos fue el sentido profundamente arraigado de los derechos de
propiedad familiar en la explotación campesina y en las diferentes dependencias
que hacían de ella una unidad viable desde el punto de vista económico, tales
como peticiones de pastos comunales y otros usos tradicionales. Como era de
esperar, esto hizo que se llegara a la convicción de que el derecho familiar
sobre la explotación era hereditario. Aunque este principio incluía a todos los
miembros de la familia, con frecuencia sólo se registra el derecho del
primogénito a la herencia, especialmente en la Baja Edad Media. Parece ser que
las costumbres hereditarias de épocas precedentes estipulaban que el derecho de
sucesión alcanzara a todos los hijos, si es que no también a todas las hijas.
Este derecho podía ser concedido por todos los miembros de la familia que
trabajaban en la explotación, salvo los que abandonaban el grupo familiar por
contraer matrimonio (las mujeres, en Europa occidental). Podía hacerse también
dividiendo la explotación entre los herederos, como sucedía frecuentemente en
los períodos de expansión demográfica y cuando se obtenían beneficios gracias a
la producción para el mercado; la consecuencia de ello era una fragmentación
antieconómica, por lo que si se quería conservar intacta la explotación
familiar lo mejor era nombrar un solo heredero (primogenitura o últimogenitura).
La institución del heredero único contaba también con el apoyo de los señores,
que así veían facilitada su labor de recaudar rentas y servicios al tener que
enfrentarse a un solo colono.
Esta breve
consideración de las actitudes fundamentales del campesino ha mencionado
necesariamente aquellos que, por la naturaleza de posición social que ocupaban,
se oponían a la consecución de los fines naturales de toda comunidad campesina.
Los campesinos medievales eran muy capaces, en términos económicos, de proveer
a su sustento sin tener que recurrir para nada a la clase gobernante. En esto
se diferenciaban de los antiguos esclavos y de los trabajadores asalariados de
nuestro tiempo que tienen que trabajar con medios de producción que son
propiedad de terceros para ganarse la vida. Pero si bien la mayoría de los
campesinos medievales poseían explotaciones agrarias, no eran, sin embargo,
propietarios de las mismas. Las grandes propiedades de la Iglesia y la
aristocracia laica eran una de las notas características del Bajo Imperio
romano en vísperas de su disolución en Occidente. Semejante estructura apenas
se vio alterada como consecuencia de los asentamientos germánicos anteriores y
posteriores a las invasiones. (…)
Como veremos,
el latifundismo no era el único fundamento del poder de la aristocracia europea
sobre la masa del campesinado. Se requería también un control jurisdiccional
respaldado por la fuerza armada. Con todo, era en el contexto físico del
dominio territorial, compuesto de un número variable de feudos o señoríos, en
donde entraban en contacto señores y campesinos. Era allí también en donde se
pagaban las rentas, en dinero o en especie, a los agentes del señor, en tanto
que en la reserva o heredad del señor se hacían efectivas las rentas en forma
de prestación de servicios no retribuidos. Era el hecho del nacimiento o
residencia en el señorío lo que hacía que los campesinos se vieran sometidos a
las diversas desventajas de su condición. Era allí igualmente en donde se les
juzgaba por cualquier delito que pudieran haber cometido contra los derechos
del señor. Por último, era a la gleba del señorío a la que estaban vinculados
los que eran de condición servil desde el nacimiento hasta la muerte. Las
propiedades territoriales de la aristocracia variaban considerablemente de un
lugar a otro, al igual que lo hicieron en el transcurso del tiempo. Las
estructuras de los señoríos distaban mucho de ser homogéneas: en unos, la
reserva señorial podía llegar a ser lo más importante, recurriéndose para su explotación
a una mano de obra servil; en otros no había reserva, procediendo los ingresos
del señor de diversas modalidades de derechos pagados por los colonos. Algunos
dominios comprendían docenas de señoríos, incluyéndose en ellos villas, bosques
y grandes extensiones de terreno sin aprovechar. Otros consistían simplemente
en un señorío a cuyo frente se hallaba un señor de modesta posición, llegando a
haber a veces más de un señorío en una misma villa. Pero, con independencia de
los diferentes tipos, el hecho esencial consistía en que era en el señorío en
donde el excedente de producción o trabajo procedente de las explotaciones
campesinas se transfería, en dinero o en especie, de quien carecía de poder a
quien lo ejercía.
George Duby, Guerreros y Campesinos (Selección).
La
superioridad de la caballería fue reforzada, en un segundo plano, por la
creación de un sistema fiscal cuyo peso soportaron en exclusiva los «pobres»,
los «trabajadores». Esta fiscalidad no era nueva; pero fue organizada de modo
diferente. Procedía directamente del poder del ban que tenían los antiguos
reyes, en el que se observan dos modificaciones fundamentales:
1. Mientras que en la época anterior todos los
hombres libres estaban sometidos a la autoridad real, la división del cuerpo
social en tres órdenes introdujo una separación fundamental. Un concepto nuevo
de la libertad, concebida en adelante como un privilegio, el de escapar a las
obligaciones deshonrosas y especialmente a las fiscales, terminó por sustraer
enteramente a las gentes de Iglesia y a los caballeros a la presión económica
ejercida por el poder. A cambio, sometió a este mismo poder a cuantos no
pertenecían a los dos órdenes privilegiados. Confundió en una misma explotación
a quienes descendían de hombres libres y a los descendientes de esclavos.
Reunió a unos y otros en una clase homogénea, cuyos miembros estaban obligados
en su totalidad a prestar servicios idénticos, y en la cual se borraron
rápidamente los criterios de la antigua servidumbre.
2. El ejercicio del poder y el disfrute de los
beneficios que éste autorizaba quedaron limitados en adelante a un espacio
reducido, a un «distrito» (la palabra deriva de un término que precisamente
significa obligar) cuyos límites exteriores raramente se hallaban a más de
medio día a caballo de un punto central, que era un lugar fortificado. La
persona que mandaba la guarnición de cada castillo aspiraba a asumir, sobre el
conjunto del territorio, las funciones de paz y de justicia, es decir, las
misiones propias de la realeza. En una parte de la Europa cristiana, en
Inglaterra y en el noroeste del continente, donde los reinos y principados
habían conservado mayor vitalidad, el castellano dependía aún de un señor;
actuaba en su nombre y le transmitía una parte de los ingresos que proporcionaba
el poder. En las demás zonas era independiente y actuaba como soberano. En
todas partes pretendía juzgar a cuantos vivían en las proximidades de la
fortaleza, a excepción de los clérigos, monjes y caballeros. Les imponía multas
y, en caso de infracción grave, confiscaba sus bienes. Su acción de justicia y
de policía era fuerte y penetrante, por cuanto era rentable. Obligaba a los
campesinos a trabajar en la reparación de las fortificaciones, a avituallar a
los guerreros y caballeros del castillo. Hacía pagar a los extraños que
cruzaban la castellanía, mercaderes o peregrinos, y a cuantos frecuentaban los
mercados, la protección temporal que les otorgaba. Como antiguamente los reyes,
él era el garante de pesos y medidas; y en ocasiones acuñaba moneda. Por todos
los medios explotaba la autoridad que poseía, y, en definitiva, el poder se
traducía en una red de punciones realizadas de diversas maneras sobre los
excedentes de la producción campesina o sobre los beneficios del comercio.
El jefe de la
fortaleza era el primero en beneficiarse del ahorro de los trabajadores, porque
tenía la fuerza militar. Él se apropiaba la mayor parte. Sin embargo, casi
todos los habitantes de la castellanía se encontraban en situación de
dependencia económica con respecto a otros señores cuyas tierras cultivaban o
de los que dependían personalmente, por haberse entregado ellos mismos o porque
sus antepasados eran sus esclavos. Estos señores privados se esforzaron por
sustraer a quienes dependían de ellos del poseedor del ban. Las tasas, las «exacciones», las «costumbres», por emplear la
terminología de la época, recaudadas por el castellano afectaban a reservas de
riqueza y de trabajo que aspiraban tener a su entera disposición. Las más de
las veces fracasaron en sus intentos y tuvieron que compartir con el dueño de
la paz y de la justicia el poder económico sobre los campesinos de su dominio y
de su «familia» servil. Sin embargo, algunos consiguieron hacer que se
respetara su monopolio, y el territorio de la castellanía estuvo sembrado de
enclaves, a veces minúsculos, reducidos a la casa de un caballero, a veces más
amplios, a escala de una aldea, especialmente cuando un establecimiento
religioso había logrado hacer que se respetara el viejo privilegio de inmunidad
conseguido en época carolingia. Pero, a pesar de todo, los habitantes de los
enclaves no se libraban de las exacciones. Tuvieron que sufrir las exigencias
del señor de su tierra o de su persona que pretendía juzgarlos y cobrarles el
precio de la paz del mismo modo que lo hacía el castellano.
En definitiva, compacto o disgregado, pero
uniformemente establecido, el poder del ban fue un factor determinante en los
mecanismos económicos, de dos maneras. En primer lugar, para ejercer este poder
fue preciso recurrir a numerosos auxiliares, a «sargentos» que se encargaban de
la policía del campo, a «prebostes» que presidían los tribunales aldeanos, a
«forestales» que perseguían en los bosques y en las tierras yermas a quienes
contravenían los derechos de uso, a recaudadores situados en los mercados y en
los principales lugares de paso. Estos ministeriales, como los llaman los
textos, especialmente los de Germania, fueron reclutados entre los servidores
más estrechamente unidos al señor, porque se trataba de tenerlos sólidamente
controlados. Pero como participaban directamente en los beneficios de las
«costumbres», puesto que percibían una parte de las tasas y de las multas, eran
los agentes más virulentos de la explotación del derecho del ban. Hacían esta
explotación tan pesada como era posible y construían su propia fortuna sobre
las rentas que les procuraba. En segundo lugar, y primero en importancia, esta
explotación, llevada a sus últimas consecuencias, fue muy rentable. Sin duda,
no era ilimitada. Su nombre lo indica: las tasas cobradas bajo el pretexto de
mantener la paz y la justicia eran «costumbres», es decir, que la memoria
colectiva limitaba su alcance. También era preciso tener en cuenta, y mucho, la
resistencia campesina, los fraudes, las evasiones, todo tipo de maniobras
dilatorias. Sin embargo, la costumbre era maleable. Difícilmente resistía las
presiones de los dueños del poder. Los agentes de la fiscalidad estaban en
todas partes, ávidos, y tenían de su parte la fuerza. ¿A quién habrían podido
quejarse quienes sufrían sus arbitrariedades? He aquí la razón del buen
funcionamiento de la máquina fiscal. Consiguió quitar al campesinado la mayor
parte de lo que producía y no consumía para su propia supervivencia, y por
consiguiente frenó en gran medida el movimiento de ascenso económico entre los
humildes. Redujo las diferencias entre los campesinos dependientes y los
libres. Niveló la condición campesina. La rebajó y, de este modo, ahondó
irremediablemente el foso que separaba a la clase de los trabajadores de la de los
señores.
Esta última clase estaba lejos de ser
homogénea: no todos los señores estaban al mismo nivel y no todos se
beneficiaban de la misma manera del trabajo ajeno. Superpuestas, profundamente
mezcladas unas a otras hasta el punto de confundirse incluso para los hombres
de la época, existieron sin embargo tres formas distintas de explotación
señorial. Dado que se confundía con lo que entonces se designaba con el nombre
de familia, con la «casa» que rodeaba a todo personaje de alguna importancia,
se podría calificar a la primera de doméstica, entendiendo por esta designación
el tipo de enajenación que ponía el cuerpo de una persona a disposición de
otra. Era el residuo tenaz de la esclavitud. Bajo la presión del poder del ban
la servidumbre de tipo antiguo se había atenuado; se había diluido; se había
reabsorbido. Por otro lado, y bajo esta nueva forma, había progresado
enormemente a expensas de la antigua población libre, por medio de la
«encomienda», a causa de la necesidad que llevó a tantos débiles, a tantos
pobres —para escapar del hambre, de la opresión de los sargentos del
castellano, incluso por el temor del más allá—, a colocarse bajo el patrocinio
de un protector. Pero los lazos de la esclavitud no se habían roto; habían
tomado la forma de lo que llamamos comúnmente servidumbre. En la mayor parte de
las poblaciones de Europa existían, por tanto, campesinos (en proporción
variable; a veces se hallaban en este caso todos los hombres de una comunidad)
a los que un señor llamaba «sus hombres». De hecho lo eran, desde su
nacimiento, y sus descendientes le pertenecerían; podía venderlos, darlos; los
castigaba; en principio le debían todo. Ante todo, el señor obtenía beneficios
de su trabajo, en su casa y en sus campos, y el «servicio» que esperaba de ellos
era ilimitado. Estos campesinos ponían a disposición de la economía doméstica
una mano de obra permanente, cuyo coste era el de su alimentación. Pero este
tipo de dependencia podía convertirse en una fuente de recaudación. De hecho,
no todos los campesinos de este grupo vivían en la casa del patrón. Lejos de su
control, establecidos en su tierra o en la de otro, mantenían su dependencia, y
este lazo se traducía no sólo en servicios en trabajo, cuya extensión limitaba
los usos locales, sino también en tres clases de prestaciones: el pago de un
censo anual en dinero, la obligación de pagar el derecho a casarse con alguien
que no perteneciera a la «familia» del señor y la parte que éste recibía de la
herencia de su hombre. En esta forma de señorío, muy ampliamente extendida y
repartida entre todos los miembros de la aristocracia e incluso entre algunos
campesinos ricos, se basó hasta fines del siglo XII la explotación de todo
capital territorial de alguna importancia. Redujo considerablemente el recurso
a los asalariados. Por las reservas de trabajo que permitía movilizar era una
de las bases fundamentales del poder económico.
El segundo era
el señorío que podemos llamar territorial, porque se basaba no en la posesión
de seres humanos, sino del suelo, de la tierra. Sus estructuras prolongan de
hecho las de los dominios que conocemos por los polípticos carolingios. Los
ricos muy raramente cultivaban, con sólo el trabajo de quienes dependían de
ellos, toda la extensión de tierra que poseían. Concedían una buena parte a
tenentes, que en ocasiones eran «sus hombres», a veces los «hombres» de otro, o
se hallaban libres de toda sujeción personal. Conceder la tierra equivalía a
adquirir un poder: el de participar en los recursos de las familias tenentes.
De hecho, esta participación no era ilimitada, como en el caso de los siervos.
Estaba estrictamente fijada por los términos de un contrato en los países en
los que, como en Italia, se había conservado mejor el uso de la escritura, o
por normas consuetudinarias igualmente obligatorias. Se trataba siempre, o casi
siempre, del cobro de una parte de la producción del manso, en productos
agrícolas o en dinero. A menudo iba acompañado de la requisa de la capacidad de
trabajo de la familia campesina, obligada a realizar un número determinado de
sernas.
El tercer tipo
de explotación señorial deriva del ejercicio del derecho de ban. Acabamos de
definir éste; repitamos solamente que en casos límites permitía a quienes lo
tenían tomar cuanto podía ser cogido en las casas campesinas: moneda, cosechas,
ganado e incluso trabajo por medio de requisas para la reconstrucción del
castillo o para el transporte de vituallas. Era en la práctica una especie de
saqueo, legitimado, organizado, moderado sólo por la nueva moral de la paz y por
la resistencia de la solidaridad campesina. Añadamos que esta última forma de
explotación económica se acumulaba a las dos primeras y con frecuencia competía
con ellas. Estaba mucho más concentrada que las anteriores; sólo un pequeño
número de señores se beneficiaban de sus ventajas, que eran con mucho las más
considerables.
La desigual
repartición del poder de ban creó la principal distinción en el interior de la
clase señorial. De un lado estaban los que la documentación llama en el siglo
XI los «grandes» (optimates, príncipes) y, en el siglo XII, los «ricos
hombres». Individualmente el título de «don» (dominus) acompaña su nombre en
los escritos. Son efectivamente señores, y precisamente por esto son los más
ricos. Ya sean altos dignatarios de la Iglesia —obispos, abades de los
monasterios— o dueños del poder militar —príncipes regionales, condes,
«barones»—, quienes tienen las fortalezas y explotan las prerrogativas anejas a
estos pilares del orden público pueden estar más o menos provistos de fortuna,
pero siempre su señorío doméstico y territorial se extiende sobre el territorio
que controlan. Herederos de los derechos reales, de las regalías, han podido
apoderarse de las tierras incultas que eran en otro tiempo dominio eminente de
los soberanos. Sin embargo, su misma riqueza y las funciones que realizan los
mantienen alejados de la tierra y de los campesinos que la cultivan. Los
dominan desde muy alto, y entre ellos y la masa de los trabajadores se
interponen intermediarios que son los intérpretes de las exigencias señoriales;
las riendas del poder económico están en mano de estos auxiliares. Los
«grandes» son generalmente rentistas. Preocupados solamente por estar provistos
de cuanto es necesario a su fasto y a la gloria de su casa, ceden una parte considerable
de su poder a quienes lo ejercen en su nombre.
Por otro lado
están los demás señores: los simples caballeros, los canónigos que tienen en
«prebenda» una porción del patrimonio de la iglesia catedral, los monjes
puestos al frente de un priorato rural, y los mandatarios de los «grandes». Más
o menos ricos, tienen en común la característica de asumir directamente la
gestión diaria de un dominio concentrado cuyas dimensiones no sobrepasan su
capacidad de control. Son vecinos de los campesinos; los conocen por su nombre;
comparten sus preocupaciones; saben cuánto producen y cuánto es posible
exigirles. Para poder adecuar su comportamiento al de los «ricos hombres» cuyas
cortes frecuentan se esfuerzan por acrecentar al máximo los beneficios del
señorío. Y como se hallan en contacto directo con el capital territorial y con
la masa de los trabajadores, pueden ser considerados los agentes más activos
del dinamismo económico y de un crecimiento cuyas manifestaciones más
llamativas nos descubren los documentos del siglo XII.
Arón Gurievich, Las categorías de la Cultura Medieval (Selección)
Servir y Distribuir
Al
Analizar las concepciones de la riqueza y de la propiedad que determinaban los
criterios valorativos de la clase dirigente en la sociedad feudal nos
encontramos con un fenómeno que parece paradójico a primera vista, pero que se
da en realidad: el código ético de los caballeros tiene muchos puntos en común
con la idea que tenían los bárbaros de la riqueza. La similitud se entiende
incluso al dominio más amplio de los planteamientos ideológicos y
psicológico-sociales de los señores feudales. Los conceptos de “honor”, de “gloria”,
de “nobleza”, admitidos en esos medios parecen haber sido tomados directamente
de la época anterior a la aparición de la sociedad dividida en clases.
Entre
los valores que caracterizaban al señor feudal se encontraba, en primer término,
la generosidad. El señor era un hombre rodeado de familiares, guerreros y
vasallos que le servían, que le apoyaban y que cumplían sus órdenes. El poder
de un gran señor venía determinada por el número de vasallos y de gentes que le
eran fieles. Sin esto, no era considerado senior,
no era el “mayor”, el “superior”, no era el “amo” ni el “jefe”. Naturalmente,
el señor era propietario de tierras, dominaba a los siervos y recibía de ellos
sus rentas. Sin los recursos provenientes de los siervos no hubiera podido
mantener a su séquito ni alimentar a los numerosos parásitos que le rodeaban.
Las rentas de sus dominios le permitían organizar banquetes, festejos, recibir invitaciones
y repartir presentes; en otras palabras, vivir a lo ancho. Como norma, era de
buen tono que el señor fuera magnánimo y pródigo con sus riquezas, que no
reparase en su liberalidad sobrepasaba o no sus posibilidades. La diferencia
entre ingresos y gastos podría ser cubierta mediante exacciones suplementarias,
concusiones, multas, saqueos, y botines de guerra. Ser ahorrador o moderado en
los gastos eran cualidades que estaban en contradicción con su ética de clase.
De sus ingreses se ocupaba el bail, el administrador o el intendente. Lo que
señor había de hacer era gastar lo que recibía en comer y beber, distribuir y
derrochar sus riquezas; cuanta mayor fuera su largueza, más elevada sería su
gloria y más preeminente su posición social, mayor el respeto y la
consideración de que gozaría.
Según
las concepciones de la sociedad feudal, la riqueza no era para el señor feudal
un objetivo en sí ni un medio de acumular riquezas o de mejora y desarrollo de
la economía. Si trataba de aumentar sus ingresos no lo hacía con fines
productivos: ello suponía mayores posibilidades de ampliar el círculo de amigos
y allegados, de aliados y vasallos, entre los que gastaba bienes y dinero. La
prodigalidad feudal era, en el seno de la clase dirigente, uno de los cauces de
redistribución de la riqueza obtenida mediante la explotación de la población
sometida. Pero ese sistema de reparto era muy particular. El señor no podía
sentir satisfacción por hecho de poseer riquezas si no era capaza de gastarlas
y exhibirlas; más exactamente, de gastarlas con ostentación. Porque la cuestión
no estribaba tan sólo en dispendiar las riquezas en comer y beber, sino en el
carácter público y notorio que tenían tales festines y reparto de presentes.
El
uso que de las riquezas hacían los señores feudales recuerda a veces mucho al “potlach”
de los indios en América del Norte que, ante los ojos de sus invitados,
agotaban todos sus víveres, partían en pedazos sus barcas de pesca, y trataban
a toda costa de impresionar a los invitados con su generosidad y prodigalidad.
(…)
La
riqueza era, para los señores feudales, un instrumento de mantenimiento de su
influencia social, la confirmación de su honor. La posesión de riqueza, en sí
misma, no aportaba ninguna consideración; antes al contrario, el comerciante
que conservaba fabulosas riquezas y que no se separaba de su dinero si no era
con el fin de multiplicarlo en operaciones comerciales o de usura, inspiraba
entre los señores feudales todo tipo de emociones –envidia, odio, desprecio,
miedo- pero en ningún caso respeto. En cambio, el señor que gastaba sin medida
botín y rentas, aun cuando viviese por encima de sus posibilidades, y
organizaba banquetes y distribuía presentes, era digno de toda consideración y
gloria. La riqueza era para el señor feudal un medio de alcanzar objetivos
situados más allá del marco de la economía. La riqueza era un signo que
atestiguaba el valor y la largueza; un signo que sólo podía encontrar
concreción cuando el señor demostraba tales cualidades. De esta manera, el
momento de delectación suprema era aquel en que el señor derrochaba sus
riquezas en presencia del mayor número posible de personas que participaban en
el banquete y se beneficiaban de la liberalidad del señor.
martes, 8 de marzo de 2016
Primer Año 2016. Espacio de Definición Institucional
Newton y la teoría de la gravedad
Newton fue
descrito por su criado del siguiente modo:
No le vi
nunca practicar ninguna diversión ni pasatiempo, ni montar a caballo para tomar
aire, ni pasear ni jugar a los bolos, u otro ejercicio cualquiera: él creía que
cualquier hora que no estuviera dedicada a sus estudios era una hora perdida, y
lo cumplía tanto que raramente dejaba su habitación excepto para dar clase en
las horas prefijadas... donde tan pocos iban a escucharle, y aún menos le
entendían, que a menudo a falta de oyentes hablaba, por decirlo así, para las
paredes. [...]
Los
estudiantes de Newton nunca supieron lo que se estaban perdiendo.
Newton
descubrió la ley de inercia, la tendencia de un objeto en movimiento a
continuar moviéndose en una línea recta, a menos que sufra la influencia de
algo que lo desvíe de su camino. Newton supuso que si la Luna no salía
disparada en línea recta, según una línea tangencial a su órbita, se debía a la
presencia de otra fuerza que la empujaba en dirección a la Tierra, y que
desviaba constantemente su camino convirtiéndolo en un círculo. Newton llamó a
esta fuerza gravedad y creyó que actuaba a distancia. No hay nada que conecte
físicamente la Tierra y la Luna y sin embargo la Tierra está constantemente
tirando de la Luna hacia nosotros. Newton se sirvió de la tercera ley de Kepler
y dedujo la naturaleza de la fuerza de gravedad. Demostró que la misma fuerza
que hacía caer una manzana sobre la Tierra mantenía a la Luna en su órbita y
explicaba las revoluciones de las lunas de Júpiter, recientemente descubiertas
en aquel entonces, en sus órbitas alrededor de aquel lejano planeta.
Extraído de:
Sagan, Carl, Cosmos, Barcelona, Planeta, 1982, pág. 69.
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Autotest. El resumen
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es el tema principal del texto A?
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y cómo se desarrolla ese tema?
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son los temas secundarios del texto A?
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- ¿Cuál
es la conclusión del texto A?
¿Qué
es el sistema solar?
El
sistema solar es un sistema planetario situado en la galaxia Vía Láctea, y su
centro es una estrella que llamamos Sol. Alrededor de su masa, giran nueve
planetas, 60 satélites e incontables asteroides y cometas. De aquellos planetas
siete tienen satélites. Los asteroides, por su parte, se encuentran mayormente
entre las órbitas de Marte y Júpiter.
El
Sol arrastra la rotación conjunta de todos los astros del sistema en su
dirección, a causa de que concentra el 99% de la masa conjunta. Las órbitas que
describen los planetas alrededor del Sol tienen forma de elipse, y pueden
definirse a partir de su "excentricidad" e "inclinación".
Lo primero indica cuánto se alejan las órbitas de los planetas del centro
alrededor del cual giran, es decir, el Sol. Y lo segundo evidencia el ángulo de
inclinación en el que gira cada planeta con respecto a la órbita terrestre. El
planeta más cercano al Sol, Mercurio, y el más lejano, Plutón, son los de
órbita más "inclinada".
En
cuanto al aspecto físico de los planetas, la densidad es lo que aporta mayor
información. Sobre la base de conocer la masa y el diámetro de cada planeta se
puede estimar su densidad, y luego su composición; en consecuencia se clasifica
a los planetas en los llamados terrestres, que son los más cercanos al Sol,
Mercurio, Venus, Tierra y Marte, y los jovianos, Júpiter, Saturno, Urano,
Neptuno. Los primeros tienen una densidad superior a los 3 gramos por
centímetro cúbico, por lo que son rocosos, mientras que los otros tienen masas
primariamente gaseosas, con menos de 2 gramos por centímetro cúbico. Plutón,
por su parte tiene una estructura congelada que lo asemeja a un gigantesco
cometa.
La
fascinación que produjo desde siempre la observación de los movimientos del
Sol, de la Luna y de los demás astros visibles ha motivado el origen de la
astronomía. Hoy en día el estudio de los astros nos proporciona interesantes
teorías sobre el origen de la Tierra y de todo el sistema solar, además de la
indagación por la existencia de otros mundos habitados.
miércoles, 11 de marzo de 2015
Educación Ciudadana 2° año: El Leviatán de Hobbes
Thomas Hobbes, El
Leviatán (Selección)
Capítulo XII
De la condición natural del Género Humano, en lo que Concierne a su
Felicidad y su Miseria.
La
Naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades del cuerpo y
del espíritu que, si bien un hombre es, a veces, evidentemente más fuerte de
cuerpo o más sagaz de entendimiento que otro, cuando se considera en conjunto,
la diferencia entre hombre y hombre no es tan importante que uno puedo
reclamar, a base de ella, para sí mismo, un beneficio cualquiera al que otro no
pueda aspirar como él (…)
De
esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la igualdad de esperanza
respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si dos
hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se
vuelven enemigos, y en el camino que conduce al fin (que es, principalmente, su
propia conservación y a veces su delectación tan sólo) tratan de aniquilarse o sojuzgarse
uno a otro. De aquí que un agresor no teme otra cosa que el poder singular de
otro hombre, si alguien planta, siembra, construye o posee un lugar
conveniente, cabe probablemente esperar que vengan otros, con sus fuerzas
unidas, para desposeerle y privarle, no sólo del fruto de su trabajo, sino
también de su vida o de su libertad. Y el invasor, a su vez, se encuentra en el
mismo peligro con respecto a otros.
Dada
esta situación de desconfianza mutua, ningún procedimiento tan razonable existe
para que un hombre se proteja a sí mismo, como la anticipación, es decir, el
dominar por medio de la fuerza o por la astucia o todos los hombres que pueda,
durante el tiempo preciso, hasta que ningún otro poder sea capaz de amenazarle.
(…)
Con
todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un
poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que
se denomina guerra, una guerra que es la de todos contra todos. Porque la
guerra no consiste solamente en batallar, en el acto de luchar, sino que se da
durante el lapso de tiempo en que la voluntad de luchar se manifiesta de modo
suficiente. (…)
En
esta guerra de todos contra todos, se da una consecuencia: que nada puede ser
injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia en injusticia están
fuera de lugar. Donde no hay poder común, la ley no existe: donde no hay ley,
no hay justicia. En la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes
cardinales. Justicia e injusticia no son facultades ni del cuerpo ni del
espíritu. Si lo fueran, podrían darse en un hombre que estuviera solo en el
mundo, lo mismo que se dan sus sensaciones y pasiones.
Capítulo XVII
De las Causas, Generación y Definición de un Estado.
Las
causa final, fin o designio de los hombres (que naturalmente aman la libertad y
el dominio sobre los demás) al introducir esta restricción sobre sí mismo (en
la que los vemos vivir formando Estados) es el cuidado de su propia
conservación y, por añadidura, el logro de una vida más armónica, es decir, el
deseo de abandonar esa miserable condición de guerra que, tal como hemos
manifestado, es consecuencia necesaria de las pasiones naturales de los
hombres, cuando no existe poder visible que los tenga a raya y los sujete, por
temor al castigo, a la realización de sus pactos y a la observancia de las
leyes de la naturaleza establecidas en los capítulos XIV y XV.
Las
leyes de naturaleza (tales como las de justicia,
equidad, modestia, piedad y, en suma, la de haz a otros lo que quieras que
otros hagan para ti) son, por sí mismas, cuando no existe el temor a un
determinado poder que motive su observancia, contrarias a nuestras pasiones naturales,
las cuales nos inducen a la parcialidad, al orgullo, a la venganza y a cosas
semejantes. Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras,
sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno. Por consiguiente, a pesar
de las leyes de naturaleza (que cada uno observa cuando tuene la voluntad de
observarlas, cuando puede hacerlo de modo seguro) si no se ha instituido un
poder o no es suficientemente grande para nuestra seguridad, cada uno fiará tan
sólo, y podrá hacerlo legalmente, sobre su propia fuerza y maña, para protegerse
contra los demás hombres (…)
El
único camino para erigir semejante poder común, capaz de defenderlos contra la
invasión de los extranjeros y contra las injurias ajenas, asegurándoles de tal
suerte que por su propia actividad y por los frutos de la tierra puedan
nutrirse a sí mismos y vivir satisfechos, es conferir todo su poder y fortaleza
a un hombre o a una asamblea de hombres, todos los cuales, por pluralidad de
votos, puedan reducir sus voluntades a una voluntad. Esto equivale a decir:
elegir un hombre o una asamblea de hombres que represente su personalidad; y
que cada uno considere como propio y se reconozca a sí mismo como autor de
cualquiera cosa que haga o promueva quien representa a su persona, en aquellas
cosas que conciernen a la paz y a la seguridad comunes; que, además, sometan
sus voluntades cada uno a la voluntad de aquél, y sus juicios a su juicio. Resto
es algo más consentimiento o concordia; es una unidad real de todo ello en una
y la misma persona, instituida por pacto de cada hombre con los demás, en forma
tal como si cada un dijera: autorizo y
transfiero a este hombre o asamblea de hombres mi derecho de gobernarme a mí
mismo, con la condición de que vosotros trasferireis a él vuestro derecho, y
autorizareis todos sus actos de la misma manera. Hecho esto, la multitud
así unida en una persona que se denomina ESTADO, en latín, civitas. Esta es la
generación de aquel gran LEVIATÁN, o más bien (hablando con más reverencia), de
aquel dios mortal, al cual debemos,
bajo el Dios inmortal, nuestra paz y
nuestra defensa. Porque en virtud de esta autoridad que se le confiere por cada
hombre particular en el Estado, posee y utiliza tanto poder y fortaleza, que
por el terror que inspira es capaz de conformar las voluntades de todos ellos
para la paz, en su propio país, y para la mutua ayuda contra sus enemigos, en
el extranjero. Y en ello consiste la esencia del Estado, que podemos definir
así: una persona de cuyos actos una gran
multitud, por pactos mutuos, realizados entre sí, ha sido instituida por cada
uno como autor, al objeto de que pueda utilizar la fortaleza y medios de todos,
como lo juzgue oportuno, para asegurar la paz y la defensa común. El
titular de esta persona se denomina SOBERANO, y se dice que tiene poder soberano; cada uno de los que lo
rodean es SÚBDITO suyo.
Se
alcanza este poder soberano por dos conductos. Uno por la fuerza natural, como
cuando un hombre hace que sus hijos y los hijos de sus hijos le estén
sometidos, siendo capaz de destruirlos si se niegan a ello; o que por actos de
guerra somete sus enemigos a su voluntad, concediéndoles la vida a cambio de
esa sumisión. Ocurre el otro procedimiento cuando los hombres se ponen de
acuerdo entre sí, para someterse a algún hombre o asamblea de hombres
voluntariamente, en la confianza de ser protegidos por ellos contra todos los
demás. En este último caso puede hablarse de Estado político, o Estado por institución, y en el primero de Estado
por adquisisción.
Capítulo XVIII
De los Derechos de los Soberanos por Insitución.
Dícese
que un Estado ha sido instituido cuando
una multitud de hombres conviene y pactan, cada
uno con cada uno, que a un cierto hombre
o asamblea de hombres se le otorgará, por mayoría, el derecho de representar a
la persona de todos (es decir, de ser su representante.)
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